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Mucha gente entra en las librerías y sigue el típico ritual de echar un vistazo a las novedades, mirar las portadas, ver los tipos de letra y leer la sinopsis. Una minoría de tarados, además de todo eso, olemos los libros. Más de una vez me han pillado con la nariz metida entre las páginas de una novela y he visto a gente recelar de mi actitud. No es muy normal, desde luego, ver a un tipo con expresión de goce sideral en esa situación pero es la única manera de no perderse la primera cata fantasiosa que, más de una vez, me ha hecho decidirme por comprar cierto libro. Desde luego, no todos los libros huelen igual. Las ediciones de papel reciclado no huelen igual que las baratas de papel basto. Ni los libros de tapa dura igual que los que llevan cubiertas de fino cartón. Los libros de bolsillo no huelen igual que las enciclopedias. Los libros que ya han sido manoseados no huelen igual que aquellos que tenemos que desprecintar. Los libros nuevos, en fin, no huelen igual que los libros viejos. Y, desde luego, un mismo libro no huele igual después de haber estado en dos casas distintas, de haber estado en distintas manos. El olor de un libro es como un cuento porque, entre otras cosas, leer es cerrar los ojos y dejar que penetren dentro de ti todas las letras y todos los olores. Pocas cosas son comparables al olor de un libro. Desconozco si se trata del olor de la tinta, del pegamento, del papel, del viaje que nos propone o de los recuerdos que se acunan entre sus páginas. Puede ser la colonia que alguien dejó entre sus hojas, el olor del café que se derramó, el pétalo de una rosa que alguien abandonó en una página concreta o las lágrimas que cayeron y doblaron alguna de sus hojas. Lo primero que hay que hacer al coger un libro es olerlo como si fuese una fresa. «Los libros se huelen y, aparte de esto, pueden o no leerse luego», decía César González Ruano. De hecho, seguro que hay gente en el mundo que compra libros sólo para olerlos y que tiene ordenada su biblioteca por olores.
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